Mis manos fueron pequeñas, como todas las manos de un recién nacido, llegaron a este mundo un día de diciembre. Mi tía decía que mirar mis manos era ver las manos de su madre, es decir, de mi abuela, con los dedos largos y delgados. Terminé por adorar mis manos, pocos años después de abandonar la cuna maravillosa del útero materno, me autoconvencí que eran hermosas, y aun lo creo, eran hermosas.

Cuando niña, teniendo alrededor de 9 años, mis manos intentaban hacer lindos dibujos, lo que en un principio no les resultaba. Con práctica fueron mejorando, luego vinieron las clases de Artes manuales, en un comienzo no fue su fuerte, pero fue surgiendo el gusto de mis manos por hacer cosas, desarrollaron habilidades para el dibujo, pintar, hacer maquetas, tejer, todo lo manual a mis manos les resultaba bien, y eso me fue dando ciertas satisfacciones, ya que también me hizo ganar algunos reconocimientos familiares y en el colegio.
Tenía 11 años y recuerdo cuando mis manos intentaban dibujar un paisaje de ciudad, era la convergencia de cuatro calles, tenía clara la imagen en mi mente, pero mis manos eran torpes. Me provocaba mucha frustración el no poder hacerlo, hasta que terminaba el día llorando, sin haber podido hacerlo. Fueron tres días de batalla contra lo torpe de mis manos y la obsesión de tener que lograrlo, finalmente pudo más mi terquedad, y mis manos lo lograron. El dibujo contenía la convergencia de cuatro calles, con edificios y luminarias, algunos automóviles y por supuesto, peatones.
Mis manos fueron protagonistas, con 12 años, de sus propios dibujos, hicieron 8 dibujos hermosos, de sí mismas, con qué orgullo los guardé por años, hasta que un día, ya adulta, cometí la estupidez de botarlos. ¡Cómo me arrepiento de ello! Estaba en 7ª básico, cuando la profesora de Artes plásticas pidió que nos miráramos las manos en diferentes posiciones, fue extraño porque nunca había puesto mucha atención a mirar mis manos. Les pedía que hicieran lo que yo quería sin prestar atención a ellas. Terminé el ejercicio de mirar mis manos en diferentes posiciones, empuñadas, estiradas, de lado, de frente, etc. El problema ahora era llevar esas imágenes al papel, solo con un lápiz grafito.
De pronto sentí confianza que podía lograrlo, solo debía fijarme en las líneas que se formaban en mi mano izquierda. Soy diestra, por lo que mi modelo fue mi mano izquierda. Traté de fijar en mi mente la figura de mi mano, las líneas y sombras que se formaban en las diferentes posiciones, hasta que decidí cual sería la primera posición que dibujaría. Sería mi mano izquierda estilizada, simulando una postura de ballet, esa sería la primera, e inicié el dibujo lo más calmada posible y sin hacer trazos fuertes, si no que sutiles, delicados, de cortos trazos, hasta formar la línea completa. Después de todo, no fue tan difícil y eso me animó a seguir con la segunda. La profesora nos había pedido 8 figuras en una hoja de Block 99.
Cuando terminé estaba tan sorprendida como orgullosa de mis dibujos, las manos estaban bien logradas, con sombras inclusive, para definir los pliegues. Fue tanto lo que me gustó el resultado que lo miraba y miraba por largos minutos. Lo que vino a sellar esa satisfacción fue el hecho de que, a la siguiente clase, la profesora recibió mi tarea y la calificó con un 7. No podía más de orgullo.
Fue ese hecho el que generó más confianza en mí para dibujar después.
Hoy mis manos, conservan las habilidades para tejer, coser, pintar y hacer adornos con pequeñas piedras, para armar joyas que luego luzco en mi cuello o en ellas mismas. Pero han aparecido en ellas las grietas y las manchas, lo que violentamente me muestra que envejezco antes de lo que quisiera.
Mis manos hoy no son capaces de seguir la misma velocidad de años atrás, para escribir al mismo tiempo lo que pienso, y el resultado es una letra horrible prácticamente ilegible, la razón es que mis manos aprendieron hace más de 40 años a escribir en un teclado, lo que llaman Dactilografía, algo que me generó un gran placer desde el primer día, además me ha ayudado mucho para mi trabajo. Ha sido motivo para destacar. Tenían entonces 14 años.
Mis manos me han dado grandes satisfacciones, me han permitido acariciar a mis hijos, sostenerlos en mis brazos mientras crecían, ponerlos al pecho, vestirlos, bañarlos, peinar sus cabellos, darles de comer, curar sus heridas, secar sus lágrimas, tejer sus ropas. Amo mis manos y les estoy inmensamente agradecida.
También recuerdo que mis manos acariciaban y cuidaban los cachorros de mi perrita, cuando tenían 12 años. Era a mí a quien permitía que los tocara y acomodara en sus tetitas. Tuvo 9 cachorritos y debía ir turnándolos para que todos se alimentaran bien. Su nombre era Perla, y la encontramos con mi tío un día en la calle, asustada y con hambre, era pequeñita, de raza Fox Terrier. Fue difícil no sentir amor por cada uno de los cachorros, y no sentir pena cuando cada uno encontró un nuevo hogar.
Recuerdo que miraba mis manos y las admiraba, las encontraba hermosas. Siempre pensaba que debía fotografiarlas para guardar en el tiempo lo bellas que eran. Finalmente, nunca lo hice y esa imagen solo quedó en mi mente.