Está ubicada en una colina, en cualquier lugar de la costa de mi país, se ven las gaviotas y otras aves, se escuchan… El ambiente es tibio, el sol siempre está presente, no solo para entibiar el lugar, también para mantener calentita mi alma, a la que le cuesta sentir y expresar la calidez.
La casa de mis sueños, huele a mar
Es el sueño real de mi vida, terminar mis días viviendo en el mar, con la calma eterna que nos marcan las olas, su ritmo será el ritmo de mi corazón. Entonces, no tendré desequilibrios de tiroides, ni mentales. Nada tendrá más importancia que mi vida junto al mar, tener la bendición de despertar y ver el océano, cerrar mis ojos y dormir con las olas en mis oidos.
La casa de mis sueños, no tendrá la obligación de ser grande y con muchas habitaciones, pero la obligación de tener un árbol grande y frondoso, donde pueda descansar en sus raíces y abrazarlo cuantas veces sea necesario para llenarme de su energía infinita, proveniente del universo.
En la casa de mis sueños, no sentiré soledad, no necesitaré que me visiten los amigos y la familia, no será obligación “ir a ver a mamá”. No sentiré que mis hijos no me recuerdan, que no sienten necesidad de verme, que los amigos me han abandonado, que estoy vieja, que la hora final se acerca.
En la casa de mis sueños, esperaré pacientemente el final, y disfrutaré como nunca el aquí y el ahora. Leeré todos los libros que tengo pendientes por leer, todos los que me esperan en mi biblioteca a que sienta la inspiración para ser el escogido de la semana.
En la casa de mis sueños, solo importará la visión diaria y contemplativa del océano, ese que tanto ansío siempre ver y estar en él, pero que sin embargo, me es tan esquivo hoy.

En la casa de mis sueños, el pasado está aceptado junto con los errores, solo me he quedado con las lecciones aprendidas y la sabiduría adquirida. Ahí he dejado de juzgar, me dedico a observar.