Primer recuerdo
El primer recuerdo que tengo de conciencia de vivir, es cuando en el salón de la casa en que mi madre y mi tía arrendaban una pieza, ubicada en la calle Avda. Matta esquina Carmen, había un baile y todo era alegría. Estaba mi tía bailando con los amigos de la época, mi madre también estaba en medio de ese salón bailando Chachachá. Recuerdo sentir desagrado por eso, quería que mi madre estuviera sentada a mi lado, y no entremedio de tantos extraños para mí. Debo haber tenido entre los dos o tres años. Sé que dicen que no es posible tener recuerdos de esa edad, pero insisto que mi recuerdo es real. También tengo otros.
Mi madre vivía en una casa inmensa donde arrendaba una pieza, y mi tía arrendaba otra junto a su marido. Ambas llegaron a vivir ahí antes que yo estuviera en planes siquiera, de llegar a este mundo. Mi tía estaba separada y tenía un hijo que ya era adulto y vivía de manera independiente. Había ingresado al Cuerpo de Bomberos y se alojaba en el cuartel, como le era permitido a los solteros.
Como cualquier mujer joven, (ambas lo eran), tenían amigos y pretendientes. El pretendiente de la otra hermana de mi madre, Ana, su nombre era Hernán, le había presentado un amigo a mi madre, se trataba de Omar del cual no sé mucho, sé que tenía dos años menos que mi madre, que era un hombre alto, moreno, atractivo y con los ojos de color pardo, los que cambiaban de colores según el clima. Suena chistoso, pero es real.
Este hombre al parecer trabajaba de mecánico tornero, y gustaba de disfrutar para distraerse, tomando un trago y bailar, nada anormal para cualquier ser humano. No sé si tenía algún tipo de estudio especializado o técnico, para ejercer dicha actividad.
Las reuniones en las tardes después del trabajo del grupo que se juntaba en esa casa, que era siempre con un ambiente festivo y alegre, comenzaron a ser habituales. El matrimonio de Juan y Gina, tuvieron tres hijos Ana María, Juan e Irma. Gina tenía tres hermanos Tirsa, René e Irma. Esta última era soltera y sin hijos, quien habitaba la casa y como era de gran tamaño, para ella sola, arrendaba piezas. Así es como llegan mi madre y mi tía a esa casa, y generan grandes lazos de amistad con la familia de hermanos, eran muy buenas personas.
Mi madre y su hermana Ana se terminan emparejando con Omar y Hernán respectivamente. Hernán venía de Punta Arenas, quien era menor 12 años que Ana, era un ingeniero que trabajaba en la Endesa. Paralelamente su otra hermana Dolores, comenzaba otra relación con un hombre llamado Carlos, oriundo del sur de Chile, hijo de padre desconocido, de buen corazón y atento, que también era pensionista en otra casa cercana, en el mismo barrio Matta.
Las tres parejas y la familia de hermanos tomaron como hábito reunirse para conversar en las tardes, y de la nada surgía una fiesta la que les alegraba el alma a las hermanas que tan mal lo habían pasado desde niñas.
Las tres hermanas tenían un hermano, que se encontraba viviendo con una familia que lo acogió tempranamente, luego de quedar huérfanos. Mi abuela Berta, fallece un 26 de mayo del año 1936, teniendo solo 36 años, producto de una Tuberculosis. El abuelo, Arturo, fallece dos o tres meses después de un infarto cardiaco, dejando solos a los cuatro niños. La mayor tenía 13 años y la menor (Rosa, mi madre), tenía solo dos años. La familia vivía en San Bernardo, en ese tiempo, la comuna formaba parte del campo, estaba muy lejana a la ciudad de Santiago.
A estos cuatro hermanos, de un día para otro les cambia la vida por completo. Mi madre, Dolores y Ana, se van con Enriqueta Pañella, donde va mi abuelo Arturo a dejarlas, en un comienzo por un tiempo, mientras él puede reorganizarse y recuperar a sus hijos, Enriqueta era una mujer española que llegó a Chile arrancando de la guerra en España con su marido José, y se hace amigo de mi abuelo Arturo, justamente en el barco que los trae a Chile cerca del año 1900, siendo muy jóvenes. Esta pareja de españoles provenientes de Cataluña, trabajaban como concesionario de casino en un Club de Equitación ubicado en el sector alto de la capital. Arturo se va con sus padrinos, el matrimonio de un italiano llamado Atilio Compossi, quien también venía en el barco junto a José Pañella y su esposa Enriqueta.
El matrimonio recibe a las tres hermanas, la mayor con 13 años, la otra de 7 y la menor con dos años. Eran más bien toscos, poco cariñosos, pero conscientes de la necesidad de dar cuidados a las niñas. Mi madre crece al cuidado principalmente de la Asesora del hogar que tenía la señora Enriqueta, una mujer buena de nombre Amalia, Ella estaba encargada de darle a la “nena” las atenciones propias de la edad, sería lo más cercano a lo que mi madre conocería como una “mamá” y con la atención permanente también de su hermana Dolores.
Finalmente, Ana no permanece en la casa y es ingresada al internado de una orden de religiosas hasta cumplir los 18 años, porque presenta dificultades propias del trauma de perder a ambos padres, y “los padrinos” no saben identificar los problemas que le aquejaban, como orinarse durante la noche y durante el día, mientras jugaba, solo tenía 7 años. Para la época poco se conocía de traumas asociados a problemas físicos. Mes a mes pagan la mensualidad a las religiosas por la permencia de la niña en el internado.
Mi madre asistió al colegio Santiago Concha que está ubicado en la calle Ricardo Cumming, casi esquina de San Pablo, pero al poco tiempo de ingresar, fue retirada, cursó hasta el tercer año básico, Dolores no asistió más al colegio. Su hermano Arturo terminó los estudios y pudo estudiar mecánica. Luego ingresa a LAN, la línea aérea donde trabajó hasta el momento de jubilar. Fue el único de los cuatro que tuvo estudios.
Mi tía Ana, se casó con Hernán y tuvo tres hijos, Ana Claudia, Sandra y Hernán, mi tía Dolores o Lola como la llamaban, se casó a los 17 años con un hombre mucho mayor que ella, José Urrestarázu, quien tenía 35 años. Arturo se casa con Guillermina y tiene un único hijo llamado también Arturo, quien fallece a los 19 años, por Difteria. Tengo recuerdos de jugar a la pelota con él, en la casa de la Población Lemus a los pies del Cerro San Cristóbal por el sector de la calle Valdivieso. Recuerdo haberle tenido mucho cariño, me llevaba bien con él y de pronto supe que enfermó. Fue hospitalizado y nunca volví a verlo. Pregunté que tenía “Arturito”, así le decían. Mi madre me dio una explicación a grandes rasgos, no había un conocimiento muy acabado de la enfermedad. Hoy es tratable, incluso existe la vacuna. Me impactó mucho la explicación de lo que pasa con la persona que sufre esa enfermedad, creo que fue el primer impacto que tuve, debo haber tenido menos de cuatro años también.
Me generó un gran impacto, por que el relato incluyó la descripción de como se “instala una telita en la garganta” y no deja respirar al enfermo, el que fallece por asfixia finalmente. Mi mente tiene imágenes de su funeral, del llanto desconsolado de su madre Guillermina. Mi parte histriónica de esa edad, me lleva a imitarla al llegar a casa, sin poder comprender el tremendo dolor que sufría esa madre.