Mi sentimiento de incomprensión y de no ser querida

Por supuesto que no he sido, ni seré lamentablemente, la única niña que ha sentido que no la comprenden y que tiene un tremendo sentimiento de soledad en su infancia. En ese tiempo, no era completamente conciente de ese sentimiento, pero estaba conciente que sentía que nadie me entendía ni me comprendía, estaba acompañada solo por adultos, que tampoco habían tenido una bonita infancia, si no que habían vivido carencias físicas y emocionales y no sabían como tratar a una niña. Procuraban cuidados y darme todo lo que necesitara para mi desarrollo, una buena alimentación por sobretodo, pero no había conciencia de la otra parte importante en el desarrollo de un niño, la parte afectiva.

Mi tía era la más cariñosa y la más sensible a mis requerimientos, pero yo era la hija única de una madre que debía salir a trabajar a diario y me quedaba en casa con esta tía, hermana mayor de mi madre. Era ella quien se encargaba del cuidado de la casa y de mi. No era sencillo en ese tiempo, conseguir mercadería y todo lo necesario para la mantención de una casa.

Mi mundo era jugar con mi gatito los primeros años, y luego con mi perrito que se llamaba Terry, era un mestizo de mediano tamaño de color blanco y manchas café oscuro. Ese perrito fue quien me enseñó a darme cuenta que no solo era un perrito, sino que había un ser vivo y sintiente detrás de esos lindos ojitos café rojizos, que con una paciencia infinita me acompañaba durante todo el día y soportaba que lo incluyera en mis juegos. Un perro al que claramente le molestaban los niños, se mostraba agresivo con otros niños que llegaran a la casa. Sin embargo, conmigo era muy paciente y siempre estaba conmigo acompañándome. Llegó un día 02 de febrero, cuando yo apenas tenía 4 años. Me lo trajo mi tío Enrique, un hombre joven que se había criado con mi madre y mi tía en la casa de la madrina que las había recibido luego de quedar huérfanas de madre y a las que ambas consideraban un hermano más. En mayo de 1936 fallece mi abuela, producto de una tuberculósis y dos meses después fallece mi abuelo, producto de un ataque cardiáco.

A una edad tan temprana es imposible darse cuenta que mi madre llegaba en las tardes cansada después de haber trabajado, y yo demandaba su atención. En muchas ocasiones sentí su rechazo y negación a jugar o a estar commigo, y lo interpreté como falta de amor hacia mi. Entonces eso fue generando un vacío en mi, porque no podía entender con apenas 3 o 4 años, porque ella no quería estar conmigo después de llegar a la casa. Esperaba todo el día como los animalitos, a que cuando ella llegara me abrazara y me diera un beso expresándome que me había extrañado, tanto como yo a ella, que quisiera estar conmigo un ratito y jugar juntas.

Mi madre actuaba de manera un tanto agresiva conmigo, generalmente estaba de mal humor y me retaba por cualquier motivo, eso generaba algunas discusiones entre las hermanas, y en mi fue creciendo el sentimiento de que mi madre no me quería, no lo expresé nunca, pero fue calando hondo en mi interior.

Para esos años, la situación económica era muy complicada en Chile, eran tiempos muy difíciles, gobernaba Salvador Allende y todo estaba convulsionado. Por otro lado, mi padre había desaparecido por completo y no había ayuda económica, ni apoyo moral por su parte hacia mi madre. Era ella quien debía proveer lo necesario para mi alimentación, vestuario y otras necesadades, además de las afectivas. Además, también debía aportar para el pago del arriendo de la casa en que estábamos viviendo con mi tía y su marido. Su situación no era nada fácil, aunque yo no tuviera la culpa de nada de eso. Ninguna de las hermanas había logrado terminar ni siquiera la enseñanza básica, por lo que los trabajos a los que accedía mi madre, no alcanzaban un buen ingreso.

Acerca de Betmi

Madre, hija, mujer. Amo los animales, me sensibilizan especialmente los perros y gatos. Con un profundo interés por aprender de todo. Deseo escribir desde antes de saber hacerlo. Me gusta leer y tejer. Amiga de pocos.
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